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domingo, 21 de septiembre de 2014

Medicinas eficaces ¿ordodoxas o alternativas?

A caballo entre la ciencia y la mántica, la medicina ha ido evolucionando a lo largo de los siglos pretendiendo mostrarse siempre como la ayuda eficaz que recibe quien teme por su vida o padece una dolencia. El instinto de conservación es fuerte. Hacemos lo posible y lo imposible por arañar segundos de vida con calidad a nuestra existencia. Para la mayoría de la gente, la vida biológica es el mayor activo que poseen. Las grandes fortunas ofrecen la mitad de lo que tienen por garantizar un año más a su vida en el ocaso. Pero también quien poco o nada tiene, ofrece en proporción por prolongar su estancia sobre la tierra. Sobre todo, quien está convencido que tras estar sobre la tierra sólo cabe estar debajo de la tierra o mezclado con la materia cósmica.

Por este férreo apego a la vida y a la salud, la medicina ha estado tocada desde siempre de un halo de actividad cuasi sagrada. El origen de la medicina en los chamanes y brujos situaba su actividad en la frontera de lo sacerdotal. Ahora no es muy diferente. No se crean ustedes que por disponer de antibióticos o de microscopios electrónicos y aparatos de resonancia los pacientes dejan de lado el carácter de misterio que irradia alrededor del acto de curar. Quizás, lo más importante que ha irrumpido en el acto médico en los últimos años para modificar y condicionar el acto médico o la relación médico-paciente no tiene nada que ver con la tecnología. Se llama industria farmacéutica, se llaman multinacionales.

En las últimas cinco décadas se ha desarrollado un progresivo interés de la ciencia médica por difundir "la importancia de la prevención", "el peligro que corre usted si no se cuida", "la necesidad imperiosa de hacerse chequeos",... Paralelamente hemos ido describiendo un cúmulo de enfermedades que antes no existían (vamos, no tenían nombre), sobre todo en el ámbito psiquiátrico. El objetivo era que todo el mundo tenía que tener cuando menos tres o cuatro diagnósticos sobre los que poder (y deber) actuar terapéuticamente.

Además había que alentar la polémica en los foros que enfrentase medicina tradicional y ortodoxa con las medicinas alternativas, acusándose mútuamente de esta fiebre de sobrediagnóstico. Pero lo cierto es que desde todas las disciplinas sanitarias o pseudosanitarias han emanado infinidad de conceptos que se vierten a la red de manera que es prácticamente imposible pasar por encima de ellos sin pensar que "algo de eso me pasa a mí...". Hay que conseguir que el sano se crea enfermo o que quien tiene una dolencia o pesar encuentre un artículo que describa sus síntomas y los etiquete como una enfermedad: ya está fichado.

Algunos lectores del blog han comentado sus sospechas de que efectivamente la industria farmacéutica tiene muchos intereses en que proliferen los "enfermos". Es evidente: lo que ha irrumpido en el acto médico de manera que ahora es la nota predominante es el carácter comercial, el negocio. Puede pensarse que esto es exclusivo de la medicina privada, que en los sistemas públicos no pasa. Pues no, también pasa, y si no véase el problema de prescripción de tratamientos para la hepatitis crónica por virus de la hepatitis C, polémica que ha sido y está siendo muy viva en España por el coste de estos nuevos tratamientos. El ejercicio de la medicina, tanto pública como privada, ya no puede hacerse al margen de consideraciones de tipo económico.

Durante muchos años realicé mi actividad médica como especialista en el ámbito del sistema público español, en diferentes comunidades autónomas, lo cual me permitió analizar el funcionamiento y la eficiencia en los diferentes hospitales. Durante un corto espacio de tiempo, compatibilicé el trabajo en hospitales públicos y privados lo que me sirvió para aguzar las comparaciones (que no son odiosas, son necesarias de cara al benchmarking si se quiere mejorar). Actualmente, casi en su totalidad sólo trabajo en centros privados, a veces concertados, lo cual tiene no pocos inconvenientes pero tiene una gran ventaja: no tengo las manos atadas para ejercer la medicina buscando como fin primordial el bien del paciente. Que lo logre o no dependerá de muchos factores pero he conseguido limitar al máximo las injerencias sobre todo en el campo de la prescripción. Al menos hasta ahora.

Que la actividad sanitaria es un negocio (aparte de que sea o pueda ser otras cosas) eso no cabe duda. Constituye la preocupación primordial de los asuntos sociales hacia los que los gobernantes destinan la mayoría del presupuesto. Y recientemente se ha conocido que un país importante ha multado con cientos de millones de euros a un laboratorio multinacional por sobornar a directivos de hospitales para la compra de sus productos. Se ha conocido lo que se sospecha que sucede desde hace tiempo y sigue sucediendo en todo el planeta. El paciente, desde el punto de vista de las multinacionales farmacéuticas o aseguradoras, no es más que un objeto generador de sus beneficios. Y procuran que de eso se contagien también los médicos. Muchos médicos comenzamos nuestra actividad asistencial con el ideal de "servir a los enfermos", de "curar si es posible o al menos aliviar". Poco a poco se va minando ese sentimiento y cada vez cuesta más preservarlo de la corrosión. Y cuando al fin aflora el recelo, el argumento de "si no te lo van a agradecer", o aún peor "no creas, que detrás del paciente siempre hay un abogado", entonces la tentación de ceder a la visión crematística de la profesión se hace mucho más fuerte, y hasta se encuentra justificación para traicionar la confianza del paciente o bajar la guardia sobre su salud, algo que nunca debe dejar de ser el primer objetivo de nuestra empresa.

Alzar la voz sobre este aspecto, prevenir a la sociedad de este peligro, para algunos puede resultar escandaloso pero a otros no les descubre nada que no supieran o sospecharan. Reiteradamente me hacen preguntas que inciden sobre este tema. Y yo en distintas entradas de este blog he advertido a los lectores sobre la falta de honestidad que puede haber tras algunas preocupaciones de los responsables de salud. Tanto sobre las vacunas y lo que esconden como sobre el afán por cronificar las enfermedades en lugar de curarlas o sobre los costes y beneficios de los tratamientos oncológicos frente a terapias alternativas.

Pero también alzar la voz es arriesgado. Cuando alguien intenta desmarcarse de la línea oficial, del tratamiento que se configura en los congresos internacionales, rápidamente es atacado, ninguneado, anulado. El aparato legislativo se pone en marcha para acallar al disidente, al que propone una forma diferente de enfocar la enfermedad y su tratamiento. Y el rigor y vigor de ese ataque es proporcional, no a lo que se cuestiona sino a las pérdidas económicas que la nueva teoría o paradigma pueda acarrear para el modelo establecido. A una persona que vierte ideas peregrinas pero inofensivas (inofensivas para los intereses comerciales) se le deja seguir adelante con sus teorías que al fin y al cabo son "pintorescas" o "exóticas". Me viene a la cabeza al escribir esto la teoría que vierte un médico japonés sobre su creencia en una enzima prodigiosa que no deja de ser una ocurrencia inverosímil. Pero si alguien propone una teoría que ataca el núcleo de un tratamiento que supone millones de euros, entonces no ha lugar más que al descrédito y la hoguera. No importa que su teoría al aplicarse se muestre cuando menos inocua, máxime si encima resultase ser mejor que la oficial (y más barata).

El médico en su ejercicio se compromete con muchas personas e instituciones pero en primer lugar se debe a su paciente, a cada paciente. No debe dejar que prevalezcan otros intereses espurios sobre el bien del paciente. Y cuando descubre o cree ver que existe una manera mejor de enfocar su problema a como describen los protocolos, siempre y cuando ese nuevo enfoque no sea peligroso, (bien directamente o bien indirectamente al dejar de recibir otras terapia "probadamente" eficaces) por el bien de su paciente debe poder ofrecérselo. Daré un ejemplo de ello en la próxima entrada, que esta ya se me antoja excesiva. De aquí a la hoguera.

6 comentarios:

  1. Es muy difícil salirse de un sistema cuando el eje central sobre el que gira es el económico, y la mezquindad no tiene límites, unas veces, por el propio interés y otras porque es el único medio en el que uno se puede mover, lo cual resulta bastante frustrante. Para quien quiera combatir esa frustración solo queda intentar burlar el sistema con otras alternativas, no hay ningún sistema perfecto y se pueden buscar resquicios al mismo. Hay otros beneficios, más que el puramente económico, que nos pueden reportar más satisfacción, y que incluso pueden conllevar el económico.

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  2. Quizás el apogeo de los tratamientos alternativos esté motivado por la propia actitud de la medicina tradicional, que, ya sea por no tener otra salida o por ser una tendencia en la forma de actuar, se ve influenciada por unos intereses que no tienen que ver con la salud de los pacientes. Siempre que en el ámbito de la salud hay un conflicto de intereses que no tienen que ver con la salud, el que peor sale parado es la parte débil, el enfermo. Por eso se buscan otras alternativas, que incluso, llevan practicándose durante mucho tiempo y que funcionan. Lo más ventajoso para los pacientes es que hubiera una conciliación, colaboración entre la medicina tradicional y otras alternativas y buscar formas para que se complementen para conseguir curar mejor las enfermedades.

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  3. Pues la homeopatía no vive sus mejores horas en España...

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  4. Precisamente ayer, escuchando un programa de radio, coincidió que había dos médicos invitados, uno a favor y otro en contra de la homeopatía. Por el tono de la conversación, parecía que se jugaban la vida para hacer valer su posición.

    El que estaba en contra se basaba en la falta de pruebas científicas de la eficacia curativa de los tratamientos homeopáticos y que se trataban de simples placebos, incluso tachaba al otro de no ser un verdadero médico, porque la homeopatía no es una materia de la medicina como ciencia. También ponía en duda la legalidad de los medios utilizados y, entonces, si los elementos utilizados eran de los permitidos, resultarían innocuos y no tendrían la capacidad de curar enfermedades.

    El que sostenía la eficacia de la homeopatía argumentaba que él también actuaba de forma científica por que realizaba todas las pruebas diagnósticas a los pacientes como cualquier médico convencional y que también prescribía tratamientos propios de la medicina convencional, pero que también aplicaba tratamientos homeopáticos, en unos casos, como único remedio, y en otros casos como complemento. La falta de prueba científica del efecto curativo de la homeopatía la justificaba con la experiencia de su aplicación y estudio en muchos pacientes. Basaba su aplicación en la afirmación de que la homeopatía ve a los paciente de forma integral, teniendo en cuenta todos los aspectos de la vida del paciente y que las causas de ciertas enfermedades tienen su origen en determinados aspectos de la vida de una persona que no requieren el uso de los medicamentos de la medicina tradicional para curarlas.

    Después de escucharlos me he quedado un poco descolocado. No sé, yo creo que todos los médicos ven a los pacientes de forma integral. Además, se supone que la carrera de medicina se estudia en todos los sitios usando métodos científicos siempre.



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  5. Es un debate que siempre caldea los ánimos. Parece como si el eje central del mismo que es el arte de curar, de procurar la salud a los pacientes, fuese patrimonio exclusivo de un determinado método...que anula y proscribe al otro. Voy a tratar de dar mi opinión al respecto, que quizás pueda parecer un poco ecléctica o pastelera pero tiene que ver con el comienzo de esta respuesta.
    La preocupación por la salud es universal: todo el mundo quiere estar sano. Si enferma, quiere que su salud se restablezca pronto y de la mejor manera posible. Sobre el modo de enfermar, la fisiopatología de las enfermedades, ha habido muchas teorías a lo largo de la historia. Si uno estudia Historia de la Medicina, descubre los modos y las maneras en que las diferentes culturas explicaban por qué enferma el ser humano y cuáles son los remedios más apropiados para recuperar la salud. La llamada medicina occidental, la ortodoxa, la que se explica en las Universidades de los países desarrollados cada vez es más sofisticada, con muchas siglas, muchas y complejas técnicas exploratorias, con desmenuzamiento de genes y con teorías inmunológicas fabulosas, con explicaciones intrincadas y casi ya esotéricas...y por supuesto, con complejos y caros tratamientos. Todo esto, indudablemente, controlado por la industria farmacéutica que vela con celo por la salud de los pacientes y el incremento de sus beneficios (de la empresa, no de los pacientes). Frente a este poderoso lobby se desarrollan otros modos de concebir el enfermar y el curar, con explicaciones más o menos plausibles, con un mayor o menor fundamento, que hacen valer en última instancia su razón de ser en...su eficacia. Vamos, no sé decirle bien cómo funciona, porque tampoco yo lo sé, pero lo he empleado en otros y ha funcionado. Y así encontramos gente que habla maravillas del Reiki, de las flores de Bach, de la homeopatía, de la acupuntura, de la reflexología podal, de la moxibustión, de la dieta sin gluten o vegana, etc. Claro, al que le ha funcionado, al que le ha resuelto su problema, no le digas que no funciona. Y sobre todo, es en pacientes que están desencantados con la medicina tradicional o también llamada alopática.
    No hay que perder de vista que esta medicina académica, universitaria, alopática,...también reconoce que alrededor del 30% de los pacientes solucionan sus problemas con placebo. No está mal el porcentaje.
    Mi opinión es que muchos, muchísimos trastornos de los que hoy día vemos en las consultas tienen una base psicógena, son problemas funcionales. Curan con buenos consejos y grandes dosis de empatía. Algo que escasea en la medicina alopática.

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